Esta es una producción brasileña dirigida por Fernando Meirelles en el año 2002 de drama criminal. En ella podemos apreciar una clara ejemplificación de que la voluntad es capaz, y tiene la fuerza, de vencer a la presión social. La historia de “Cohete”, el narrador de la película, es una muestra fehaciente de la resistencia que en uso de la libertad es posible hacer para no caer en los perjuicios que a veces nos pueden causar los medios que nos rodean. En el caso de “Cohete” no lo abarcaba un ambiente sano que lo construyera benefactoramente sino todo lo contrario, se hallaba en una atmósfera de delincuencia, vandalismo, asesinato y hasta narcotráfico. “Cohete”, a pesar de que los robos eran la profesión regular a la que aspiraban todos los habitantes de la Ciudad de Dios, nunca pudo asumir ese estilo de criminal para su vida. Él, al igual que todos los jóvenes y niños, era totalmente libre de escoger el camino que seguiría.
Cuando nos encontráramos frente a realidades que envuelven todo el nefasto marco circunstancial de un territorio como su falta de oportunidades y prevalencia del delito como cuasiúnico móvil de subsistencia, escapase de nuestras manos la escogencia sobre cuál de los dos senderos del dividido camino seguir. Pero todo vuelve a lo mismo: una elección. Una elección que pende únicamente de nuestro criterio propio, de lo que decidamos. Aunque sé que cualquiera podría decir que frente a circunstancias tan determinantes y fuertes como las de la Ciudad de Dios, es demasiado difícil no decidir ser un delincuente. Sí, eso es cierto, es difícil pero definitivamente no es imposible. En la película, “Cohete” nos enseña que sí es posible, que el medio en efecto influye pero que la decisión es exclusivamente nuestra. El asunto parecería quizá tratarse del carácter con el que una persona sea capaz de desenvolverse en el medio en el que converge, ya que si bien es cierto que no nos podemos anarquizar completamente dela sociedad en la que vivimos, también es cierto que los seres humanos tenemos la capacidad de pensar y hacerlo para elegir. “Cohete” eligió lo que consideró que era más conveniente para él, y es lo que todos deberíamos hacer: buscar aquello que nos proporcione el mayor beneficio, incluso por encima del entorno en el que nos hallemos. De lo contrario, no seremos hombres construidos por el medio sino más bien víctimas del medio, cosa que desde ninguna perspectiva nos favorecería.
¿El medio nos construye o nosotros somos los que construimos al medio? Es relativo, porque la mayoría (no quiero correr el riesgo de decir que todos) nacimos ya en un medio construido y tenemos la “misión” de adaptarnos a él. No obstante, lo que acabo de decir es algo que ya se ha replanteado varias veces, puesto que disciplinas como por ejemplo la antropología urbana, se han encargado de afirmar que la sociedad no es un espacio construido sino más bien un espacio construyéndose. Eso quiere decir que se halla en un constante cambio, sujeta a modificaciones permanentes que se encargan de realizar los mismos habitantes de la sociedad. La sociedad es pues un territorio cambiante y dependiente de las configuraciones que nosotros mismos en fluctuación le hagamos. No hay excusa entonces para culpar al medio de lo que nosotros somos. Es más vale al revés, el medio nos puede culpar a nosotros de lo que es él, ya que por mucha programación biológica o cultural que tengamos, los hombres siempre podemos optar finalmente por algo que no esté en el programa. Los niños de la ciudad de Dios, hubiesen podido optar por otro estilo de vida, “Zé pequeño” con la misma libertad que escogió volverse el hombre más respetado, por temido, de la favela habría libremente podido escoger otro camino como lo hizo Cohete, quien creció en el mismo medio que Zé y se resistió a ser igual que ese medio.
En conclusión, desde varios ángulos es posible observar la historia de las favelas que se plantea en Ciudad de Dios. Por ejemplo, una mirada algo policía de la situación, entendería a la película como un prototipo de la anomia que sufren los arrabales por parte del Estado. Ésa situación no solo se da en Brasil sino en gran parte de Occidente, en donde los barrios de los suburbios nos son abrazados por las oportunidades de un progreso socioeconómico, sino más bien son rezagadas en el olvido de la indiferencia y el desamparo de un utópico desarrollo que cada vez pareciera estar más lejano. Desde una mirada religiosa hasta se podría decir que Dios se olvidó de su favela y que las esperanzas de salvación están perdidas para esos pobres criminales, sin embargo, el tema desde lo teológico compromete un abordaje tan complejo que abandonaría totalmente la serie aquí tratada. Ciudad de Dios es un acervo triste de injusticias y rezagos que nos recuerdan el olvido de la pobreza, el desorden y la desesperanza. No obstante, que nunca vaya a soslayarse que de nosotros mismos depende dejar de ser pobres y olvidados para pasar a ser triunfadores y recordados.
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